El bienestar en el trabajo: lo que dicen (y lo que callan) las conversaciones laborales

Hace unos días leímos una nota inquietante sobre una app que se volvió furor en China y nos llevó a pensar en el mundo del trabajo.

A partir de eso compartimos una encuesta.

La propuesta de la aplicación es tan simple que resulta casi perturbadora: “Are You Dead Yet?” (“¿Ya estás muerto/a?”). Una vez por día, la persona tiene que presionar un botón para confirmar que sigue con vida. Nada más.

Una mujer contestando un mensaje en su celular, parece ser del trabajo

La idea surgió pensando en jóvenes que viven solos/as en grandes ciudades. En contextos donde muchas personas pasan largos períodos sin contacto cercano, ese pequeño gesto funciona como una forma básica de cuidado.

La propuesta es extrema, pero su simpleza también deja al descubierto una realidad bastante solitaria para muchas personas que, posiblemente, no tienen con quién hablar frecuentemente. Y eso nos llevó a pensar en el mundo del trabajo.

Porque también allí, en ocasiones, preguntamos por el bienestar del otro casi por compromiso. A veces decimos “Todo bien, ¿no?”, cerrando de antemano cualquier otra posibilidad. O le damos espacio a alguien que parece estar pasándola mal, aunque ese espacio sea en realidad una forma de resguardarnos frente al miedo de abrir un melón.

Por eso preguntamos en una encuesta:

Estos fueron los resultados:

  • El hacer y cómo estamos: 67 %
  • El hacer y cumplir: 22 %
  • Emociones solo ante crisis: 11 %
  • Directamente no se habla: 0 %

Los resultados muestran que la mayoría de las personas, al menos, reconoce que el bienestar no se queda detrás de la puerta de la oficina. Lo que llamamos “el hacer” o el desempeño difícilmente pueda separarse de otros planos personales.

Al mismo tiempo, aparece otro dato interesante: las emociones, el cansancio o los conflictos suelen entrar en las conversaciones de manera más esporádica. Para un 11 %, incluso, solo aparecen cuando la situación ya impacta visiblemente en el trabajo.

También queda abierta otra pregunta: ¿qué pasa en los espacios donde solo se conversa sobre el hacer y el cumplir? Podríamos conjeturar que algunas personas trabajan en culturas muy orientadas al rendimiento, donde cualquier desvío se percibe como falta de compromiso. O en contextos donde la comunicación franca no siempre es bienvenida.

A veces alcanza con algo bastante simple: habilitar momentos donde se pueda decir cómo viene la semana, qué está resultando más difícil o dónde hace falta ayuda.

Pero para impulsar una cultura centrada en las personas también hace falta valentía. Valentía para escuchar, para mostrarnos vulnerables, para aceptar que no siempre tenemos todas las respuestas y para revisar, en conjunto, por qué las cosas no salen como esperábamos.

A veces la conversación empieza con algo muy simple: animarnos a preguntar de verdad cómo está la otra persona.

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