Sobre artesanos y coronavirus

¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas? En los libros aparecen los nombres de los reyes ¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra? Y Babilonia, destruida tantas veces, ¿quién la volvió siempre a construir? ¿En qué casas de la dorada Lima vivían los constructores?

Son los versos de “Preguntas de un obrero que lee” el poema donde Bertolt Brecht interroga a la Historia acerca de los verdaderos trabajadores, los artesanos, los hacedores, los que erigían palacios y ciudades y cuyos nombres no quedaron esculpidos ni grabados en ninguna piedra. Esa pregunta acerca del origen de todas las cosas, de la mano que moldea la arcilla es la que vuelve de modo recurrente y está interrogando al sistema político económico en el que vivimos y que ha sido muy golpeado por la crueldad sorpresiva de la pandemia. Hoy, nuestras manos le dan forma al destino personal y, en consecuencia, al de la comunidad global. 

El confinamiento, la obligación de permanecer cada uno en su casa no solo se ha manifestado con las características de un mal que nos ahoga, también hizo aflorar virtudes y necesidades inesperadas: muchas se relacionan de forma grata con nuestras habilidades manuales. Reparar puede ser una de esas funciones, siempre es gratificante volver a hacer útil aquello que estaba guardado sin solución en lo inmediato. Pero si el artesano que existe en cada uno brota y puede crear, entonces ese momento se emparentará con el arte, con el momento iluminador en el que la mano le da forma a una serie de elementos que antes eran un simple atado de madera, telas, metales que parecían innecesarios.  

“Cambié azulejos rotos, instalé cañerías flexibles del desagüe de la cocina, armé una llave de luz con dos que tenía para tirar, hice plantines y aprendí a hacer pan. Todas tareas por las que suelo pagar. Y además, descubrí la satisfacción que genera el reparar y el producir algo con mis propias manos”. El entusiasmo es de Mariano, 49 años y productor de seguros full time, ahora con media jornada de trabajo desde su PC. El tiempo libre o disponible en casa va más allá de las maratones de series y películas sólo porque la plataforma audiovisual te lleva a darle click. La palabra productivo escapa a la lógica fría fabril y se vuelve amable para definir aquello en lo que uno trabaja de modo voluntario.  

“Empezás a experimentar con el material, a conocerlo cuando lo tenés en las manos, ves qué pasa, qué permite y que no, y entonces, al final, lo resolvés”, explica María Carelli, experta en joyería contemporánea con materiales que abarcan un amplio espectro que va desde la plata hasta las escamas de pescados disecadas. Hay en el trabajo artesanal actual, con características artísticas, una reivindicación de la materia prima, de lo natural, de lo original que entra en juego con el cerebro y el cuerpo. Al respecto, el antropólogo francés Claude Lévi-Strauss sostenía que “Las sociedades estudiadas por los etnólogos tienen del trabajo una idea muy distinta. Lo asocian a menudo al ritual, al acto religioso, como si en ambos casos el fin fuera entablar con la naturaleza un diálogo en virtud del cual naturaleza y hombre pueden colaborar: concediendo ésta al otro lo que espera, a cambio de los signos de respeto, o de piedad incluso, con los cuales el hombre se obliga ante una realidad vinculada al orden sobrenatural”. Claro, no se trata de pasatiempos, son momentos con características rituales: uno prepara herramientas, pinturas, ingredientes, una bolsa de tierra para las plantas. Se buscan recetas, tutoriales, consejos para desarrollar el trabajo con un plan y no con improvisación, aunque sí con una sana espontaneidad. 

Pero atención, ser artesano, tener la capacidad de moldear una materia no siempre está emparentado con un saber, una formación particular ni un don especial. Se trata de lograr un trabajo creativo con voluntad y concentración. Requisitos que en este tiempo están más que permitidos y que deberían ser bien valorados. La cocina es uno de esos mundos donde la mano del artesano se destaca con nitidez. “Ahora la gente tiene ese tiempo que decía no tener para cocinar y cocinarle a sus hijos y eso es maravilloso. Nos damos cuenta lo mucho que hacemos con un poco de acelga, harina y huevo. Nos reencontramos haciendo pastas caseras, masa de tarta cuando se nos acaba la que comprábamos y vemos que es mucho más rica ¡si la hacemos nosotros! Empezamos a pensar un poco más en nuestra alimentación y no nos sorprende la noche sin comida llamando a un delivery”, sostiene con entusiasmo la cocinera Felicitas Pizarro. Y es que la cocina es uno de los lugares más importantes en un hogar y un lugar vinculado a los gustos, los placeres, y donde hoy muchos de nosotros hemos conocido el éxito y la consagración preparando comidas elaboradas, haciendo dulces y plegándonos al boom de ¡la masa madre!

Cuando uno piensa en un artesano es posible que piense en la madera. Y muchas veces ese material se vincula con un instrumento musical hecho por un luthier. Se trata de quien imaginó y creó una guitarra, por ejemplo. Un constructor de instrumentos es Juan Prime quien con un serrucho, una caladora y lijas de varios grosores produce guitarras: “La relación que establezco con el instrumento que construyo se basa en la que tengo con el futuro dueño ya que normalmente armo un instrumento para gente que me es conocida y sé lo que cada uno busca en una guitarra”. Además, Prime, suma un elemento emotivo que da en la raíz del valor artesanal de lo realizado: “Para mí trabajar la madera es volver a crear, modificar y reparar cosas con mis propias manos, en mi caso me trae un recuerdo de mi niñez, en el campo, reparando alambrados, tranqueras y ventanas con mi abuelo, que no era carpintero pero arreglaba todo lo que se le cruzaba. Juntos sacábamos clavos viejos, los enderezábamos y los metíamos en una lata para después volver a usarlos”.

Producir con las propias manos es el punto de partida del arte, pensar la pieza, pulirla, y ubicarla en una cadena humana es el fin propio, el que devuelve al hombre al centro de la escena. Crear es noble pero reparar también es muy valioso. La filósofa francesa Corine Pelluchon autora del libro Réparons le monde (Reparemos el mundo) dice que “hay que partir de las mismas cosas que teníamos y se rompieron para repararlas al igual que en la vida, como cuando estamos deprimidos. O cuando hay un caos, hay que ver dónde uno se apoya, dónde uno decide recoger los restos de su vida, uno por uno. Debemos ver qué podemos guardar, qué tiramos y cómo lo tiramos. Reparar el mundo significa tomar las cosas tal cual son. No son muy buenas, están desparramadas, pero las tomamos una por una para ver qué hacer con ellas y a dónde vamos”. Reparar y crear son misiones nobles y gratificantes para sobrellevar este momento de aparente quietud.

Héctor Pavón

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